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Por Kabbalah y Torah en Expansión
Un año, durante Simjat Torá en
Mezibuz (Ucrania), muchos miembros del círculo íntimo de los 60 estudiantes más
avanzados del Baäl Shem Tov bailaban hasta altas horas de la noche con gran
alegría, mientras consumían grandes cantidades de vino. La esposa del Baäl Shem
Tov, Janná, estaba preocupada de que no quedara suficiente vino para el Kiddush
del día siguiente y la Havdalá por la noche, al final de la Festividad. Se
acercó a su marido y le dijo:
“Creo que deberías decirles que, por
favor, dejen de beber tanto. De lo contrario, seguirán bailando y bebiendo,
bebiendo y bailando, hasta que no nos quede vino para el Kiddush y la Havdalá”.
El Baäl Shem Tov sonrió ampliamente.
Respondió: “¡Buen punto! Puedes ir a decirles que paren. Te harán caso y se
irán a casa”.
La Rebbetzín se dirigió a la
habitación contigua donde los Jasidim bailaban y celebraban. Abrió la puerta… y
se quedó paralizada en la entrada, atónita. Los seguidores de su esposo
bailaban alegremente en un círculo cerrado, y vio llamas de fuego que los
rodeaban y se cernían sobre ellos como una ‘Juppá’ (“dosel nupcial”).
No dio un paso más hacia ellos ni
pronunció palabra alguna. En cambio, se dio la vuelta, bajó a la bodega de la
casa, cogió todo el vino que pudo cargar y lo colocó en silencio sobre la mesa
de los Jasidim que bailaban con entusiasmo.
Otro año, en Simjat Torá, se repitió
la misma escena: los Jasidim más cercanos al Baäl Shem Tov bailaban en círculo
con gran alegría y entusiasmo, rodeados de brillantes llamas de fuego. ¡Sin
duda, la Shejiná -la Presencia Divina- bailaba con ellos!
Entonces, en el clímax del éxtasis,
los cordones de los zapatos de uno de los discípulos se rompieron. Se sintió
profundamente afligido. Ya no podía seguir bailando con sus compañeros ni
participar en aquella sublime celebración de Simjat Torá.
En aquel momento, Adel, la única
hija del Baäl Shem Tov, se encontraba apartada, disfrutando del espíritu alegre
y la danza devota de los Jasidim.
Adel llevaba muchos años casada,
pero solo tenía un hijo. Se acercó discretamente al Jasid con los cordones
rotos y le dijo en voz baja: “Si me prometes que daré a luz a un hijo este año,
te daré un buen par de zapatos para que puedas seguir bailando”.
El Jasid se encontraba en un dilema.
¿Cómo podía hacer tal promesa? Solo el propio Baäl Shem Tov tenía permiso para
hacerlo. Por otro lado, ¿cómo podía renunciar a formar parte de una celebración
tan sublime de Simjat Torá?
Él no tardó mucho y le dio la
promesa que ella le había pedido. Ese año, 5513 (1753), dio a luz a un hijo, el
Rebbe Baruj de Medzibuz, quien con el tiempo llegaría a ser uno de los líderes
jasídicos más destacados de la tercera generación.
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