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Por Kabbalah y Torah en Expansión
Una epidemia asoló la ciudad de
Nadvorna (Ucrania) al acercarse Sukkot, y los médicos advirtieron a los
habitantes que tomaran todas las precauciones higiénicas posibles por temor al
contagio. El juez local, un hombre de una maldad inusual, fue informado de que
el Rebbe Mordejai de Nadvorna acababa de construir una Sukká. Inmediatamente
envió un mensajero con una orden judicial para demolerla de inmediato, alegando
que contravenía las normas sanitarias municipales. El Rebbe de Nadvorna ignoró
el mensaje.
En cuestión de minutos, un grupo de
policías llegó a su puerta para advertirle de las consecuencias de su rebeldía.
Él respondió: “Construí mi Sukká para que permaneciera en pie, no para que
fuera demolida”.
Esta vez, el juez le envió una
citación al Rebbe. Al ser ignorada también esta, el juez decidió tomar cartas
en el asunto. Le ordenó con dureza que desmantelara la Sukká de inmediato y le
advirtió del severo castigo que le acarrearía cualquier desobediencia
posterior. Estas amenazas y advertencias no perturbaron en lo más mínimo la
serenidad del Rebbe. Simplemente respondió con frialdad, con las mismas
palabras que les había dicho a los policías: que había construido su Sukká para
que permaneciera en pie, no para que fuera demolida.
El juez se enfureció y estaba a
punto de proferir más invectivas contra el Rebbe, a lo que este último comentó:
“Quisiera que supiera que el Rebbe Meir de Premishlan era mi tío abuelo”.
El juez estalló en cólera: “¿A quién
le importa quién fue tu tío abuelo? ¡Demuele esa cosa y punto!”
El Rebbe repitió entonces lo que
acababa de decirle al juez, y luego le pidió con calma que esperara un momento;
quería contarle una historia interesante.
El juez, tomado por sorpresa,
manifestó su asentimiento con un breve movimiento de cabeza, y el Rebbe Mordejai
comenzó:
Había una vez un ‘Kohén’ (“sacerdote”)
que tenía 10 hijos, todos ellos robustos y fuertes como cedros. Poseía un
hermoso y extenso parque, lleno de árboles que deleitaban tanto a HaShem como a
los hombres. Un día decidió embellecer aún más la arboleda plantando un pequeño
jardín de flores junto a ella. Así que arrancó algunos de sus árboles y en su
lugar plantó flores fragantes. Pero apenas terminó esta obra, sus hijos
enfermaron uno tras otro. Primero el mayor se debilitó y murió, luego el
segundo, y así sucesivamente, hasta que el más pequeño enfermó.
El Kohén estaba desesperado. Llamó a
los médicos más expertos e incluso consultó a hechiceros, pero fue en vano. En
ese momento, varias personas le aconsejaron que viajara a visitar al Rebbe Meir
de Premishlan. Quizás la salvación llegaría a través de él, pues tenía fama de
ser un ‘Tzaddik’ (“persona justa”); no le quedaba otra opción, y ansiaba
desesperadamente salvar la vida de su último hijo superviviente. Así que, con
el corazón apesadumbrado, viajó a Premishlan.
Al llegar allí, le contó al Tzaddik
todas las tribulaciones que le habían sobrevenido, y que ahora incluso su hijo
menor estaba gravemente enfermo y ningún médico podía curarlo. Solo el Cielo
podía ayudarlo ahora.
“Tenías un hermoso jardín lleno de
árboles frondosos -le dijo Rebbe Meir-, pero como también querías un jardín de
flores, talaste los árboles de HaShem. Y por eso Él ahora ha talado tus
árboles, como dice el versículo (Devarim 20:19): “KI HAADAM
ËTZ HASSADÉ - Porque el hombre es
un árbol del campo”. Pero puesto que ya has venido y tu tiempo aún no se ha
agotado del todo, te prometo que tu hijo menor recibirá ayuda Divina y pronto
sanará”.
El Tzaddik oró entonces para que el ‘Shad-dai’
(“Todopoderoso”) sanara al hijo del Kohén, para que su Nombre fuera santificado
dondequiera que la gente oyera hablar de su historia. Esta oración fue
escuchada, y el hijo creció hasta la edad adulta.
-Quiero que sepa -concluyó el Rebbe
Mordejai su relato al juez- que usted es hijo de ese Kohén... Así que dígame
ahora: ¿es esta la forma en que usted le devuelve la bondad que mi tío abuelo
le demostró salvándole la vida?
El juez cayó a sus pies y lloró. “¡Es
cierto, es cierto, lo sé todo!”, sollozó. “Perdóname, Rebbe, por lo que te he
hecho. Puedes construir hasta 10 de esas cosas, ¡pero prométeme que me
perdonarás!”.
Se cumplió la promesa, el juez,
escarmentado, siguió su camino, y el Rebbe de Nadvorna disfrutó de su Sukká en
paz.
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