EL ÁRBOL TESTIGO

EL ÁRBOL TESTIGO

 

Por Kabbalah y Torah en Expansión

 

La fortuna le había dado un giro inesperado a un judío otrora adinerado que vivía en Rabat, Marruecos. Se vio obligado a abandonar su hogar y vagar de pueblo en pueblo en busca de una oportunidad de negocio que le permitiera mantener a su numerosa familia, que dependía de él. Su fe en HaShem era inquebrantable, pero aun así, encontrar la manera de recibir ‘Birkat HaShem’ (“la bendición Divina”) se le hacía cada vez más difícil.

 

Finalmente, tras varios intentos fallidos, logró reunir una cantidad considerable de dinero. Por fin pudo regresar a casa.

 

De camino, pasó por la ciudad de Salé, que no está lejos de Rabat. Como ya era bastante tarde el viernes, pensó que lo mejor sería quedarse en Salé para el Shabbat. Allí vivía un buen amigo de su juventud al que no veía desde hacía muchos años, y sabía que sería recibido con los brazos abiertos en su casa.

 

En efecto, en cuanto su amigo lo vio, insistió en que su invitado sorpresa se quedara para el Shabbat. El viajero, cansado, aceptó la invitación con gusto. Antes de encender las velas, le entregó su bolsa de dinero a su anfitrión para que la guardara, de modo que no tuviera que preocuparse por ella durante el ‘Shabbat’ (“Día de Descanso”).

 

Para la noche del sábado, el viajero estaba ansioso por llegar a casa. Inmediatamente después de la Havdalá, le pidió a su amigo que le devolviera su bolsa de dinero.

 

-¿De qué estás hablando? -dijo su anfitrión-. Nunca me dejaste dinero.

 

El huésped, atónito, no podía creer lo que oía. Casi se desmaya. Cuando recobró el conocimiento, le rogó a su (antiguo) amigo que le devolviera el dinero por el que tanto había trabajado, pues era fundamental para la supervivencia de su ‘Mishpajá’ (“familia”).

 

El anfitrión estalló. “¡Qué descaro!”, gritó. “¿No te da vergüenza? ¡Dormiste en mi casa, comiste en mi mesa y ahora te atreves a lanzarme estas falsas acusaciones!”.

 

Al ver la indignación “justa” en el rostro de su anfitrión, el hombre se dio cuenta de que no había ninguna posibilidad de que aquel intrigante admitiera lo que había hecho y devolviera el dinero voluntariamente. Decidió que lo mejor era ir de inmediato a presentar una reclamación ante el ‘Bet Din’ (“tribunal rabínico”).

 

El rabino de Sale en aquel entonces era el famoso Or HaJaiim (Rabbí Jaiim ibbén Ättar). Los dos hombres fueron a su casa. Rabbí Jaiim escuchó atentamente a ambas partes. Luego se dirigió al anfitrión: “Este judío reclama el dinero que dice haber depositado con usted la víspera del Shabbat. ¿Qué opina?”.

 

-Eso nunca sucedió -respondió el hombre con desparpajo-. Se lo está inventando y me está difamando.

 

Rabbí Jaiim se dirigió al desafortunado huésped. “¿Quizás había algún testigo en el momento en que usted dice que le entregó el dinero?”

 

El hombre, abatido, se sentía aún peor. “No, no había ningún testigo. Justo antes del Shabbat nos sentamos bajo un árbol. Fue entonces cuando saqué mi bolsa del bolsillo y se la di para que la guardara hasta el sábado por la noche”.

 

“¿Bajo un árbol? ¡Muy bien!”, exclamó el Or HaJaiim con entusiasmo. “¡Vuelve y llama a ese árbol para que sea testigo en tu favor!”

 

El viajero se quedó atónito al comprender lo que el rabino quería que hiciera. Pero, consciente de la reputación del Or HaJaiim como hacedor de milagros, se levantó y salió de la casa sin cuestionar las instrucciones del gran rabino.

 

Tras apenas unos minutos, el Or HaJaiim comentó con naturalidad que, sin duda, el hombre ya había llegado al árbol.

 

-¿Qué quiere decir, Rabbí? -respondió el otro hombre espontáneamente-. Ese árbol está bastante lejos de aquí.

 

Con una mirada penetrante fija en los ojos del hombre, el Or HaJaiim declaró: “¡Devuélvanle el dinero a ese pobre judío inocente, ahora mismo!”. Al ver la sorpresa en el rostro del hombre, el rabino se acarició la barba y añadió: “Si no recibiste el dinero de él debajo de ese árbol, ¿cómo es que sabes dónde está el árbol?”.

 

El hombre palideció. Sin decir una palabra más, devolvió de inmediato el dinero que le habían confiado.

 

Tras llegar finalmente a casa, el comerciante destinó la mayor parte de sus ahorros, ganados con tanto esfuerzo, a inversiones inteligentes y, ‘Be´ëzrat HaShem’ (“con la ayuda de HaShem”), volvió a ser rico, como lo había sido antes.

 

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