EL ÁRBOL HUMANO
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EL ÁRBOL HUMANO
Por Kabbalah y Torah en Expansión
Devarim 20:19:
KI
HAADAM ËTZ HASSADÉ
“Porque el Hombre es un árbol del
campo”.
Curiosamente el calendario hebreo
reserva un día cada año, ‘Tu BiShevat’ (El 15 de Shevat), el “Año Nuevo de los
Árboles ”, para que contemplemos nuestra afinidad con el universo botánico.
¿Por qué se compara al ser humano,
en la imaginación bíblica, con un árbol?
RAÍCES, CUERPO Y FRUTO
Los componentes principales de un
árbol son: las raíces, que lo anclan al suelo y le suministran agua y otros
nutrientes; el tronco, las ramas y las hojas que componen su cuerpo; y el
fruto, que es cosechado y disfrutado por humanos o animales y que también
contiene las semillas a través de las cuales el árbol se reproduce.
Por eso la Torá nos compara con
árboles, porque el ser humano también está compuesto de 3 componentes: raíces,
cuerpo y fruto. Esta comparación es válida en 3 niveles: psicológico,
cronológico y espiritual.
Las raíces del árbol, enterradas
bajo tierra y mayormente invisibles, representan las capas subconscientes de la
psique humana, que en su mayoría son invisibles. Al igual que las raíces de un
árbol, la composición, amplitud y profundidad del subconsciente humano están
ocultas y constituyen las raíces de todas las manifestaciones del ser humano.
El cuerpo del árbol -la
manifestación visible de sus raíces- simboliza la personalidad consciente del
ser humano, la forma en que nos describimos conscientemente nuestra existencia.
Es la persona que (crees) conocer.
El fruto del árbol, cosechado y
consumido por otros, representa el impacto que tenemos en las vidas de las
personas que nos rodean; encarna nuestra capacidad de plantar una semilla en un
ser humano y verla brotar, crecer y dar fruto.
INFANCIA, ADULTEZ Y LIDERAZGO
A nivel cronológico, las raíces
representan la infancia, cuando se moldean nuestras convicciones y sentimientos
subconscientes. Por eso, invertir tiempo y energía en los niños es la tarea más
noble y crucial. Un rasguño en el tronco no importa mucho; un defecto en las
raíces puede afectar a todo el árbol de forma drástica. La importancia de la
infancia suele ser invisible, como las raíces de un árbol, pero es la base de
todo lo que viene después. Cuida esas raíces y tu árbol será hermoso.
Al superar la infancia y
convertirnos en personas autosuficientes, se nos compara con el tronco alto y
proyectivo del árbol. Finalmente, nos convertimos en adultos independientes y
autónomos.
Luego, a medida que envejecemos y
nos convertimos en líderes de nuestras comunidades, a medida que nos casamos,
tenemos hijos y creamos algo más grande que nosotros mismos, comenzamos a
producir “fruto” que continúa procreando e impactando a las generaciones
venideras.
CONVICCIÓN, ESTUDIO Y DONACIÓN
A nivel espiritual, las raíces
representan la ‘Emuná’ (fe), nuestra fuente de nutrición y perseverancia. El
tronco es el “cuerpo” visible de nuestra vida espiritual: nuestros logros
intelectuales, emocionales y prácticos; nuestro estudio de la Torá, la
observancia de las Mitzvot y nuestras actividades éticas diarias. Finalmente,
el fruto representa nuestro poder de procreación espiritual: la capacidad de
influir en los demás, de sembrar nuestras semillas en sus almas.
La Emuná, al igual que las raíces,
constituye el fundamento de la vida (sin raíces, un árbol no puede sobrevivir).
Nuestra creencia en la espiritualidad esencial y el significado de la vida es
la base de todo nuestro “árbol”. De ella brota el tronco de nuestro
entendimiento, del cual se ramifican nuestros sentimientos, motivaciones y
acciones. Sin embargo, el verdadero alcance de la Emuná se oculta a los demás e
incluso a nosotros mismos. Pues si bien el cuerpo del árbol también proporciona
alimento (a través de sus hojas), representando el alimento que proviene de la
Torá y las Mitzvot, la mayor parte de nuestro sustento espiritual proviene de
sus raíces, de nuestra convicción de que la vida tiene sentido y de que hay
alguien en el centro de la realidad que se preocupa por nosotros.
El ser humano es un árbol del campo.
Operamos en 3 niveles: quiénes somos (las raíces); quiénes creemos ser (el
tronco); y quiénes creen los demás que somos (el fruto). En un árbol, los 3
componentes se integran en una sola entidad integral. Nuestra labor, como
insinúa la Torá, es integrar los componentes de nuestro “árbol”, para que
nuestras raíces, cuerpos y frutos se conviertan en uno solo.
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