MORIR EN TIERRA SANTA

MORIR EN TIERRA SANTA

 

Por Kabbalah y Torah en Expansión

 

Se discutirán 4 niveles:

 

El nivel más alto [de santidad] de los que habitan en ‘Éretz Israel’ (“La Tierra de Israel”)

 

El resto de los que habitan en Éretz Israel.

 

El nivel superior de los que viven ‘Jutz LaÁretz’ (“fuera de la Tierra de Israel”).

 

El resto de los que residen ‘Jutz LaÁretz’.

 

La gente del más alto calibre… realmente no muere…

 

La primera categoría la constituyen aquellos que nunca podrían ser descritos con justicia como moribundos, excepto a manos de HaShem. Para ellos, el término usado para su fallecimiento es ‘Gueviiiá’ (“expiración”). Podrían compararse con una persona que yace en su cama, prisionera de su casa, sin salir ni entrar. Así también, incluso su cuerpo, el de las personas de mayor rango, permanecerá seguro, como en el caso de Rabbí Elazar bar Shimön, quien permaneció perfectamente intacto durante mucho tiempo sin ser enterrado (Bavá Metziä 84b); este fue también el caso de Ajai bar Ioshiä, quien no experimentó la descomposición, así como de algunas personas en cada generación que han incorporado en sí mismas la estatura de los Patriarcas [y Matriarcas]. Esto se logró santificándose en las áreas permitidas, incluso a nivel del pensamiento. Ese tipo de personas no mueren realmente.

 

En segundo lugar, están aquellos santos maestros que fallecieron fuera de la Tierra de Israel, como Iaäkov Avinu (“nuestro padre Jacob”). Por eso ordenó a sus hijos que lo enterraran inmediatamente en Éretz Israel. Sabía que no habría ningún obstáculo, pues las ‘Jitzonim’ (“Fuerzas Externas”) no le protestarían. Similar fue el nivel del Rebbe. Al morir, levantó los 10 dedos [y proclamó que no había obtenido placer alguno de todas sus posesiones materiales]. Un nivel similar fue el de Moshé, a quien HaShem mismo se encargó de su entierro. De nuevo, con Aharón y Miriam, todos disfrutaron de cierta similitud, debido a su ‘Kedushshá’ (Santidad). Todos se salvaron de la descomposición de sus cuerpos físicos en la tierra, pues escaparon del pecado de Adam, purificándose por completo de cualquier remanente. Se transformaron en una ‘Merkavá’ (“carroza”) para los Cielos. Así, sus cuerpos existen, y no murieron; más bien, se les llama “dormidos de la tierra”.

 

El tercer nivel es el del resto de los que murieron en Éretz Israel. No rinden cuentas a las Fuerzas Externas, a pesar de disfrutar de los placeres mundanos. Pues su consumo no fue provisto por ellas (las Fuerzas Externas), pues Éretz Israel obtiene su alimento y sustento de la “mano” de HaShem. Por lo tanto, cuando ellas (las Fuerzas Externas) vengan y los acusen de consumir de sus fuentes, podrán responder que no se beneficiaron de ellas. No obstante, sus cuerpos deberán descomponerse, pues no se liberaron completamente del pecado de Adam. Por lo tanto, deben ser sometidos al castigo de “pues ustedes son tierra”. Al morir, sus cuerpos se descomponen, pero sus almas son santificadas. Por eso son impuros y transfieren la impureza a través del contacto y la transportación, todo lo cual proviene de la primera ‘Kelippá’ (“cáscara”) resultante de Adam.

 

Esto deja espacio para una rectificación para quienes viven en el extranjero, para evitar por completo ser gobernados por las fuerzas de la ‘Tumá’ (“impureza”). Pues hemos encontrado muchos miles de ‘Tzaddikim’ (“personas justas”) que murieron fuera de Éretz Israel, pero tuvieron un ‘Tikkún’ (“rectificación”), pues se habían absuelto de participar en los placeres mundanos durante toda su vida. Pues la alimentación y los placeres físicos [en el extranjero] están controlados por los ‘Jitzonim’ (“Fuerzas Externas”). [Estos Tzaddikim evitaron esto al] obtener únicamente beneficios de las Mitzvot, como las comidas oficiales en celebración de una ‘Jatuná’ (“boda”) o ‘Berit Milá’ (“circuncisión”), o en Shabbat y ‘Iom Tov’ (“día festivo”). Pues en esas circunstancias, las fuerzas de la impureza no tienen control, pues todos están protegidos por la fuerza Femenina de las grandes profundidades, pues toda la comida de Shabbat proviene únicamente de la Kedushshá. Así que, incluso si están fuera, las fuerzas de la impureza espiritual no tienen control sobre ellos, pues podrán decir que no obtuvieron ningún beneficio de ellos [los placeres puramente físicos], ni siquiera en un sentido corporal, solo el suficiente para sustentar la función del cuerpo que permite al alma dedicarse a la Torá. Esto es como se afirma: “TZADDIK  ÓJEL  LESOVA  NAFSHÓ - El justo come para saciar su alma” (Mishlé 13:25a), logrando así una rectificación a pesar de su muerte ‘Jutz LaÁretz’ (“fuera de la Tierra de Israel”).

 

El cuarto nivel se aplica a quienes se entregaron a las exquisiteces del mundo material. Por lo tanto, de hecho, estaban bajo la influencia del mal. Aunque tienen en su haber la Torá y ‘Maäsim Tovim’ (“buenas obras”), el espíritu del mal los afecta. Por lo tanto, al morir, este espíritu no los abandona de inmediato, y solo se elimina cuando sus cuerpos físicos regresan a la Tierra. Dado que este espíritu reside en ellos al momento de su fallecimiento, incluso si el cuerpo fuera llevado para ser enterrado en Éretz Israel, no se rectificará. Pero si una persona viviera la mayor parte de su vida en el extranjero, pero al final volviera vivo a Éretz Israel, al llegar a Éretz Israel, se purificaría de este espíritu negativo. Sin embargo, si falleciera en el extranjero, su Neshamá pura lo abandonaría, dejándolo solo con esa fuerza negativa. Esa fuerza contaminaría su cuerpo.

 

Ese es el secreto de la gota de veneno que ‘Malaj HamMávet’ (“El Ángel de la Muerte”) usa sobre el cuerpo para causar la muerte. Por eso, un cadáver se considera la fuente más poderosa de impureza. Pues, mediante la impureza y la adhesión de ese espíritu maligno, la santa Neshamá se ve obligada a partir. Por lo tanto, incluso si es enterrado en Éretz Israel, no logra la rectificación, pues su alma abandonó el cuerpo mientras estaba en el extranjero. Sobre ellos está escrito: “Pero vinisteis y contaminasteis mi tierra” (Irmiahu 2:7).

 

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