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Por Kabbalah y Torah en Expansión
Las criaturas vivientes del ‘Ölam
HaiIetzirá’ (“El Mundo de la Formación”) se denominan, en general, ‘Malajim’ (“ángeles).
Funcionan en ese plano como nosotros en el ‘Ölam HaÄsiiiá’ (“El Mundo de la
Acción”). El Ölam HaiIetzirá puede considerarse, en esencia, un Mundo de ‘Regashot’
(“sentimientos”). Es un Mundo cuya principal sustancia, o tipo de experiencia,
es la emoción de un tipo u otro, y en el que dichas emociones son los elementos
que determinan sus patrones. Los seres vivos que lo habitan son manifestaciones
conscientes de impulsos particulares --impulsos para realizar un acto o
responder de una manera u otra- o del poder de materializar un incentivo, de
realizar, de satisfacer la tendencia de una inclinación o una inspiración.
Un ‘Malaj’ (ángel) es una realidad
espiritual con su propio contenido, cualidades y carácter únicos. Lo que
distingue a un Malaj de otro no es la cualidad física de la distancia espacial,
sino más bien una disparidad con respecto al propósito fundamental de dicha
esencia. La cualidad sustancial de un Malaj puede ser un impulso o una pulsión,
es decir, una inclinación al amor, al miedo o a la compasión.
Para expresar una totalidad mayor
del ser, podemos referirnos a un “campo de ángeles”. En el campo general del “amor”,
por ejemplo, existen muchas subdivisiones, prácticamente innumerables matices y
gradaciones de ternura. No hay dos amores iguales en emoción, al igual que no
hay dos ideas iguales. Por lo tanto, cualquier impulso general e inclusivo
constituye un campo completo y no es consistentemente el mismo en todos los
niveles. Mientras que entre los seres humanos las emociones cambian y varían,
ya sea a medida que las personas cambian o según las circunstancias del tiempo
y el lugar, un Malaj es la manifestación total de una única esencia emocional.
La palabra hebrea מלאך ‘Malaj’ (“ángel”), también significa “mensajero”. Como su nombre en
hebreo indica, la naturaleza del Malaj es ser un enviado hasta cierto punto, lo
que constituye un contacto permanente entre los Mundos. Las misiones de un Malaj
se desarrollan en 2 direcciones: puede servir como emisario de HaShem hacia lo
terrenal, hacia otros ‘Malajim’ (ángeles) y hacia mundos y criaturas por debajo
del Ölam HaiIetzirá, y/o también puede servir como quien lleva hacia el cielo
desde abajo, desde ‘Ölam HazZé’ (“nuestro mundo”) hacia los ‘Ölamot Ëlionim’ (“Mundos
Superiores”).
La verdadera diferencia entre el
hombre y el Malaj no reside en que el hombre tenga cuerpo, pues la comparación
esencial se da entre el alma humana y la del Malaj. El alma del hombre es
sumamente compleja e incluye todo un mundo de diferentes elementos
existenciales de todo tipo, mientras que el Malaj es un ser de esencia única y,
por lo tanto, en cierto sentido, unidimensional. Además, el hombre, debido a su
naturaleza multifacética y su capacidad para contener las contradicciones
(incluido el don de un poder interior del alma), tiene la capacidad de
distinguir entre el bien y el mal. Es esta capacidad la que le permite alcanzar
grandes alturas y, por lo tanto, crea la posibilidad de su fracaso y
reincidencia, lo cual no ocurre en el caso del Malaj.
Desde el punto de vista de su
esencia, el Malaj es eternamente el mismo. Es estático, una existencia
inmutable, ya sea temporal o eterna, fijada dentro de los rígidos límites de
calidad establecidos en su propia creación.
Entre los miles de Malajim que se
encuentran en los diversos ‘Ölamot’ (“Mundos”) se encuentran aquellos que han
existido desde el principio de los tiempos, pues son parte inquebrantable del
Ser Eterno y del orden inmutable del universo. Estos Malajim, en cierto
sentido, constituyen los canales de la abundancia por los que la gracia divina
asciende y desciende en los Mundos.
Pero también hay Malajim que se
renuevan continuamente en todos los Mundos, y especialmente en el ‘Ölam HaÄsiiiá’
(“El Mundo de la Acción”), donde los pensamientos, las acciones y las
experiencias dan origen a Malajim de diferentes tipos. Cada ‘Mitzvá’
(“Mandamiento”) que una persona realiza no es solo un acto de transformación en
el mundo material, sino también un acto espiritual, sagrado en sí mismo. Y este
aspecto de espiritualidad concentrada y santidad en la Mitzvá es el componente
principal de lo que se convierte en un Malaj. En otras palabras, la emoción, la
intención y la santidad esencial del acto se combinan para convertirse en la
esencia de la Mitzvá como una existencia en sí misma, como algo con realidad
objetiva.
Es esta existencia separada de la Mitzvá,
al ser única y sagrada, la que crea al Malaj, una nueva realidad espiritual que
pertenece al Ölam HaiIetzirá. Así, el acto de realizar una Mitzvá se extiende
más allá de su efecto en el mundo material. El poder de la santidad espiritual
que reside en ella -santidad en comunión directa con todos los Mundos Superiores-
provoca una transformación primaria y significativa.
Más precisamente, quien realiza una Mitzvá,
quien reza o dirige su mente hacia lo Divino, al hacerlo crea un Malaj, lo cual
representa una especie de acercamiento del hombre a los Ölamot Ëlionim. Sin
embargo, dicho Malaj, conectado en esencia con quien lo creó, vive, en general,
en una dimensión diferente del ser, concretamente en el Ölam HaiIetzirá. Y es
en este Mundo de Ietzirá donde la Mitzvá cobra cuerpo y, a su vez, influye en
los Ölamot Ëlionim. Sin duda, es un acto supremo cuando lo que se realiza en la
tierra se desvincula del lugar, el tiempo y la persona física particulares, y
se convierte en un Malaj.
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