MES DE SHEVÁT - LA LUNA, EL ÁRBOL Y
EL HOMBRE
El sabio pensador Eliáhu Dessler
describe el ciclo del año como un tren que marcha en un viaje circular. Las
estaciones son las mismas cada año y, una vez que llegamos allí, el clima que
se vive en ellas es absolutamente particular. El tren, en su recorrido a través
del ciclo del año, atraviesa y se detiene en 12 estaciones: los meses. Doce
personalidades, doce nombres, doce esencias.
En esta ocasión descenderemos a
Shevát por la puerta de la Festividad: el Año Nuevo de los árboles.
Los sabios de Israel, en la Mishná,
nos enseñan que en el mes de shevát se celebra el Año nuevo de los árboles, el
cual determina la separación de los frutos nacidos en un año de los frutos del
año siguiente.
Aunque en realidad no se llega a un
total acuerdo en referencia a la fecha exacta del Año Nuevo de los árboles,
encontramos dos posturas muy claramente definidas: una escuela de sabios opina
que se debe celebrar el primero del mes, mientras que otra mantiene que la
fecha adecuada es el día quince, momento en el que la luna alcanza su estado de
plenitud.
Lo que no cabe duda es que la
esencia del mes se relaciona íntimamente con los árboles.
El primer hombre, Adán, el único ser
creado directamente por las manos de Di-s, el mismo que comienza a cargar sobre
sus hombros la misteriosa e insondable “imagen y semejanza” divinas, en su
estado ideal de perfección es colocado en el Paraíso, más aun, el Paraíso es
creado para él. Un hombre “ideal” en un lugar “ideal”.
“El Eterno Di-s plantó un jardín en
el Edén, hacia el este, y allí colocó al hombre que había formado. Y el Eterno
Di-s hizo que brotaran de la tierra todos los árboles que eran agradables a la
vista y buenos como alimento”.
De haberse apegado a su misión y de
haberse mantenido fiel a su origen espiritual, Adán podría haber habitado ese
lugar por toda la eternidad. No extraña, entonces, que cuando el hombre peca -
también a través de un árbol – es expulsado del lugar perfecto, del sitio
original, del Paraíso. En pocas palabras: es alejado y desconectado de los
árboles.
Sobra aclarar que el mundo de Adán
era muy diferente al nuestro. El poseía la conciencia permanente de que la
materia marchaba tras el espíritu, y que este debía ser el orden y el parámetro
de sus acciones. Para Adán no hubiese resultado una sorpresa que el cuerpo
enferma debido a una dolencia espiritual, ni que somatizara los distintos
estados de ánimo.
De acuerdo con los sabios místicos,
él cultivaba y plantaba sin necesidad de herramientas: lo había colocado en el
Gan Ëden/Jardín del Edén y en su vida cotidiana era consciente de que su labor de
cultivo era a través de actos espirituales: el cumplimiento de los preceptos
positivos; y lo guardaba - nuevamente gracias a acciones espirituales - al
evitar incumplir los preceptos negativos.
El “hombre perfecto”, la “criatura
ideal” habitaba entre los árboles, comía y se nutría de sus frutos y estaba en
paz.
El Talmúd relata que cuando Adán fue
castigado tras desviarse de su camino y escuchó de la boca del Creador que a
partir de ese momento debería comer “de la hierba del campo”, quedó atónito,
lloró y exclamó: “Acaso desde ahora yo y mi burro comeremos del mismo plato?”
El mensaje de sabiduría es claro: la
hierba del campo es esencialmente alimento de animales.
Los hombres se nutren de los frutos
de los árboles, los animales de la hierba del campo.
Para comprender mejor la diferencia
entre las hierbas y los árboles es conveniente acercarnos a la simbología
mística representada por la luna.
LA CONCEPCIÓN LUNAR
Las dos grandes luminarias, el sol y
la luna, no solo arrojan luz sobre el mundo que nos rodea sino que representan
dos sistemas de captación de la realidad. Y no olvidemos que al fin y al cabo
vivimos de acuerdo con nuestra concepción propia de la vida. Incluso la falta
de un sistema organizado y la improvisación también responden a una forma de
vivir, a una idea, a una cosmovisión carente de un sentido último.
La luna simboliza la renovación
permanente. Nace a comienzos del mes, crece lentamente, alcanza su plenitud al
llegar al día quince y, lentamente, con el paso de los días se desdibuja en las
alturas hasta terminar desapareciendo por completo. La luna es experta en el
arte de renacer. Permanentemente está viniendo del “no ser”, del “no estar”, de
la nada.
Los sabios relacionan el proceso
lunar con la siembra y la cosecha; tal proceso natural no alude a una simple
dinámica biológica de evolución, de expansión de lo ya existente -la semilla-
sino a una dinámica de clara renovación. Significa: la semilla no “evoluciona”
en planta sino que, tras descomponerse en las profundidades de la tierra, tras
volverse “nada”, entonces genera “algo nuevo”, un brote.
La nueva planta, tal como la luna,
“nace” a partir de la nada.
El acto de nacer marca el límite
entre lo inexistente y lo existente, entre la nada y el ser.
EL HOMBRE Y LOS FRUTOS
Tal vez aquí podamos hallar la
diferencia esencial entre la simbología mística del árbol y la de la hierba.
La hierba que acabamos de comer, la
verdura servida en nuestro plato, es lo que ha crecido a partir de un algo
existente. De un brote minúsculo que un día plantamos en surco ha evolucionado
una planta.
Luego, tras comer la planta, nada
queda. Hemos comido lo principal, ingerimos la expresión de su carácter
evolutivo.
Por el contrario, cuando comemos los
frutos del árbol, no ingerimos su tronco, sino que nos alimentamos en realidad
de lo totalmente nuevo, ya que el árbol mismo continúa intacto y en pie.
El fruto representa lo absolutamente
nuevo que surge a partir del árbol que permanece íntegro.
Ya no resulta tan extraño que el
Talmúd enseñe que el trigo, del cual proviene el pan y constituye el principal
alimento del hombre, crecía en forma de árbol antes de que Adán cometiera su
transgresión. Tampoco es menos significativo que al probar precisamente de este
árbol -el trigo- comenzara la caída de la humanidad.
Existe una relación esencial entre
el hombre y su comida: de la comida se nutre y toma vitalidad. Soy lo que como,
mi vida es reflejo de mi alimento.
Cuando la vida del hombre se basa en
una concepción evolutiva, entonces su comida natural es la hierba. Cuando la
vida del hombre se apoya en la renovación permanente, entonces su sustento
natural es el fruto de los árboles.
Del hombre se exige una renovación
permanente. El mandato esencial es que no viva creciendo o evolucionando movido
por la inercia natural, sino que ahora y en cada instante vuelva a decidir y a
re-crearse nuevamente.
Sólo aquel que es capaz de renovarse
por complete puede quitarse de sus hombros los errores y pecados del pasado.
Ahora sus “manchas” ya no le pertenecen ya que esencialmente se ha convertido
en una persona nueva. Sólo el hombre es capaz de enderezar sus actos ya que es
la única criatura divina capaz de re-crearse.
De acuerdo con la concepción de
renovación permanente, el hoy es nada más -y nada menos- que la tierra fértil
del mañana. La cual producirá frutos nuevos, variados, plenamente renovados.
De acuerdo con la tradición, el
quinto libro bíblico, Devarím/Deuteronomio, fue pronunciado por el mismo Moshé
durante el mes de Shevát. Es sabido que Moshé tenía dificultades para hablar,
sin embargo, logra superar su dificultad y pronunciar Sabiduría pura
precisamente durante este mes. Y el texto bíblico marca y enfatiza esa fecha.
La Torá en muchos textos místicos,
es comparada con un árbol de vida. Moshé, más que nadie, logra probar y
saborear los frutos del árbol. Y entonces él también logra dar sus propios
frutos. Bajo la influencia del mes de Shevát.
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